Textos de Iván Corrales

Escribo lo que callas.

Hay sentimientos que no sabemos explicar hasta que alguien los convierte en palabras.

Últimos escritos

Palabras para esas batallas que muchas veces libramos en silencio.

01
Lo que también necesita el fuerte
Batallas internas
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Tú pareces seguro. Caminas con paso firme, resuelves, decides, sostienes lo que otros sueltan. Aprendiste a no mostrar dudas porque alguien tenía que hacerlo bien.

Desde afuera pareces completo. Entero. Como si nada te desordenara por dentro. Y tal vez por eso nadie pregunta cómo estás cuando el día pesa más de la cuenta.

Pero en el fondo, muy adentro, hay una parte tuya que se cansa de ser el fuerte, que baja la guardia en silencio y solo quiere descansar un momento sin dar explicaciones.

No necesitas halagos, ni discursos largos, ni promesas que no se cumplen. Solo eso tan simple y tan difícil de pedir que alguien te mire de verdad y te diga:
“Me importas más de lo que crees”.

Porque también tú necesitas sentirte elegido, no por lo que haces, sino por lo que eres cuando nadie te está mirando.

Incluso los que cuidan necesitan ser cuidados. Incluso los que sostienen necesitan, alguna vez, apoyarse sin culpa.

Y no es debilidad querer eso. Es humanidad. Es recordar que debajo de la seguridad late un corazón que también espera no tener que ser fuerte todo el tiempo.

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02
Al final lo entendí
Despedidas y aprendizajes
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Hubo un tiempo en el que me culpaba por cada persona que se iba de mi vida. Pensaba que había hecho algo mal. Que, si hubiera sido diferente, quizá se habrían quedado.

Con los años entendí que no siempre es así. Si fuiste leal cuando era fácil irse, si cuidaste a quien amabas, si estuviste cuando nadie más quiso estar y actuaste con un buen corazón… Entonces no eres tú quien perdió.

Hay personas que no saben valorar lo que tienen hasta que ya no está. Y cuando finalmente lo entienden, descubren que algunas personas no se reemplazan tan fácilmente.

Hoy ya no guardo rencor por quienes decidieron irse. Solo espero que algún día encuentren en alguien más lo que un día tuvieron conmigo. Porque yo sé lo que fui. Sé cómo quise. Sé cómo cuidé. Y esa tranquilidad vale mucho más que cualquier despedida.

Al final entendí que, cuando entregas lo mejor de ti con honestidad, no eres tú quien pierde a las personas. Son ellas las que pierden a alguien que las quiso de verdad.

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03
Por eso soy amable
Ira y autocontrol
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Conozco la intensidad de mi ira.

La conozco lo suficiente como para saber hasta dónde puede llevarme si la dejo hablar por mí. Sé lo fácil que sería responder cuando me provocan, devolver exactamente lo que recibo y decir cosas que probablemente no podría recoger después.

Por eso elijo la amabilidad.

No porque tenga poca ira dentro de mí, sino porque tengo suficiente como para haber aprendido a respetarla.

Durante mucho tiempo pensé que tener carácter era reaccionar, levantar la voz, no dejar pasar nada y demostrar que conmigo nadie podía equivocarse.

Hoy pienso diferente.

Entendí que tener carácter también es saber detenerte cuando podrías destruir, guardar silencio cuando sabes exactamente dónde golpear y marcharte cuando quedarte significaría convertirte en alguien que no quieres ser.

Mi amabilidad no viene de desconocer la rabia.

Viene de haberla conocido demasiado.

Por eso intento tratar bien incluso cuando podría hacer lo contrario. No siempre por la otra persona, muchas veces lo hago por mí. Porque cada vez que respondo desde la ira, termino cargando durante mucho más tiempo con algo que quizá solo duró unos minutos.

Entonces aprendí a buscar equilibrio.

Elijo la humildad para recordarme que no siempre tengo que ganar.

Elijo la risa porque me devuelve a quien soy cuando la rabia intenta cambiarme.

Y elijo la amabilidad porque es mi manera de decirle a esa parte de mí que todavía quiere reaccionar que esta vez no va a decidir.

No siempre lo consigo. Todavía hay días en los que tengo que respirar, alejarme y pelear conmigo mismo para no devolver el golpe.

Pero justamente ahí está la diferencia.

Antes mi ira decidía por mí.

Ahora decido yo.

Porque entendí algo: “Ser amable cuando podrías ser cruel no es debilidad. Es tener fuerza y saber exactamente cuándo no usarla.”

Así que si alguna vez me ves sonriendo cuando tendría motivos para estar furioso, no pienses que no pasó nada dentro de mí.

Pasó.

Solo que aprendí que no necesito incendiar todo a mi alrededor para demostrar que también sé arder.

Conozco muy bien mi ira.

Por eso elijo la amabilidad.

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04
Mi monstruo favorito
Batallas internas
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Mi monstruo favorito soy yo.

Ese que sonríe frente al mundo mientras por dentro se desmorona en silencio. El que aprendió a esconderse entre las sombras de su propia mente para que nadie descubra cuánto ruido puede existir detrás de una persona que parece estar bien.

Con el tiempo me volví bueno haciéndolo.

Puedo conversar, trabajar, hacer bromas, preguntar cómo estás y hasta intentar alegrarte el día mientras dentro de mí hay partes que apenas consiguen mantenerse en pie.

Y nadie lo nota.

Supongo que de eso se trata parecer fuerte.

De aprender a responder “todo bien” sin pensarlo demasiado. De tragarte algunas cosas porque no quieres preocupar a nadie y de encerrarte contigo mismo cuando sabes que la sonrisa ya no alcanza para seguir fingiendo.

No quiero que me vean hecho pedazos.

No quiero miradas de lástima ni preguntas que quizá todavía no sé cómo responder. Prefiero que piensen que puedo con todo, aunque algunas noches ni siquiera yo esté tan seguro.

Así que sonrío.

Y sigo.

Porque mi monstruo no tiene garras, colmillos ni vive debajo de mi cama.

Se levanta conmigo.

Se mira al espejo.

Se pone mi ropa.

Y sale al mundo usando mi nombre.

Quizá por eso nadie le tiene miedo.

Porque aprendió perfectamente a parecerse a mí.

Hay días en los que incluso yo olvido que está ahí, hasta que llega el silencio, se apagan las conversaciones y ya no queda nadie frente a quien tenga que aparentar.

Entonces aparece.

Y me recuerda algo que nunca digo en voz alta: “No siempre soy fuerte. Solo aprendí a romperme sin hacer ruido.”

Tal vez algún día deje de necesitar esconderlo.

Tal vez algún día pueda decir “no estoy bien” sin sentir que estoy decepcionando a alguien.

Pero mientras aprendo…

Mañana volveré a levantarme.

Volveré a sonreír.

Y probablemente nadie se dé cuenta de que detrás de esa sonrisa sigue viviendo mi monstruo favorito.

Yo.

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05
Antes de que sea tarde
Tiempo y vínculos
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Si algún día muero de manera inesperada, no quiero escucharte decir que ojalá el cielo tuviera un teléfono para poder hablar conmigo.

Porque tengo uno aquí.

Ahora.

Y casi nunca suena.

No digo que tengas que llamarme todos los días ni que estés pendiente de mí todo el tiempo. Todos tenemos una vida, problemas, trabajo, cosas que resolver y esa costumbre de pensar que siempre habrá otro momento.

Mañana le escribo.

El fin de semana lo llamo.

Algún día nos vemos.

Y así vamos dejando personas para después, convencidos de que después siempre estará ahí.

Hasta que un día no está.

Entonces aparecen los mensajes que ya nadie puede leer, las palabras que nunca dijimos y esas ganas desesperadas de tener cinco minutos más con alguien a quien pudimos regalarle cinco minutos cuando todavía estaba aquí.

Qué extraños somos.

Tenemos personas a una llamada de distancia y dejamos que pasen semanas sin escuchar su voz. Pero cuando las perdemos, daríamos cualquier cosa por volver a escucharla una vez más.

Quizá deberíamos entenderlo antes: “No esperes extrañar mi voz para tener ganas de escucharla.”

Llámame ahora.

Escríbeme ahora.

Pregúntame cómo estoy mientras todavía puedo responderte.

Dime que me quieres mientras todavía puedo escucharlo.

Porque puede llegar un día en el que encuentres mi nombre entre tus contactos, te quedes mirándolo durante unos segundos y recuerdes todas esas veces que pensaste en llamarme, pero decidiste hacerlo después.

Ese día quizá darías cualquier cosa por verme aparecer otra vez en tu pantalla.

Por escuchar mi voz diciendo: “¿Aló?”.

Por tener una conversación más, aunque fuera para hablar de nada.

Pero ya no habrá un después.

Y entonces sí vas a querer que el cielo tenga teléfono.

Vas a querer contarme todo lo que nunca me contaste, preguntarme todo lo que nunca preguntaste y decirme cuánto me querías cuando ya no pueda escucharte.

Mi número seguirá ahí.

Mi nombre también.

Solo habrá una diferencia.

Esta vez puedes llamar todas las veces que quieras…

Y yo ya no voy a contestar.

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07
Medicina humana
Vínculos y emociones
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Hay personas bonitas.

No hablo de cómo se ven.

Hablo de esas pocas personas con las que basta compartir una hora para sentir que algo dentro de ti está un poco mejor.

Yo las llamo medicina humana.

No necesitan solucionar tus problemas ni tener las palabras correctas. A veces simplemente se sientan contigo, te escuchan, te hacen reír y, sin darte cuenta, todo aquello que venías cargando parece pesar un poco menos.

Su presencia calma.

Te inspiran.

Te recuerdan cosas buenas de ti que quizá habías olvidado.

Y eso, en un mundo donde muchas veces terminamos agotados después de estar con ciertas personas, vale muchísimo.

Porque también existe gente que hace lo contrario. Personas después de las cuales necesitas recuperar energía, cuestionas lo que haces o terminas sintiéndote pequeño para que ellas puedan sentirse grandes.

Con el tiempo aprendí a notar la diferencia.

Hay personas que llegan y hacen ruido.

Y hay otras que llegan y traen paz.

Quédate cerca de las segundas.

De las que celebran tus logros sin competir contigo. De las que pueden decirte una verdad sin hacerte sentir menos. De las que preguntan cómo estás y realmente quieren escuchar la respuesta.

Porque entendí algo: “Hay personas que no te curan, pero hacen que mientras estás con ellas duela un poco menos.”

Cuídalas.

Pero también intenta convertirte en una de ellas.

Que alguien pueda encontrarte después de un día difícil y marcharse un poco más tranquilo. Que tu presencia no pese, que dé calma. Que cuando alguien esté dudando de sí mismo, encuentre en ti un lugar donde recordar cuánto vale.

Porque quizá al final no recordemos todas las conversaciones que tuvimos con alguien, ni cada lugar al que fuimos, ni todo lo que hicimos juntos.

Pero difícilmente olvidamos cómo nos hacía sentir.

Y si tienes la suerte de encontrar a alguien que haga que tus días difíciles pesen menos, que te devuelva la risa cuando la habías perdido y que te haga creer nuevamente en ti…

Cuídalo.

No todas las personas llegan para quedarse.

Algunas llegan para sanar partes de nosotros que ni siquiera sabíamos que estaban heridas.

Y esas personas son pocas.

Muy pocas.

Por eso, cuando encuentres una…

No la llames suerte.

Llámala medicina humana.

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06
A tu ritmo
Tiempo y decisiones
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Sin prisa porque te quemas, pero sin pausa porque se enfría.

Con los años entendí que casi todo en la vida necesita su tiempo. Los sueños, las relaciones, los proyectos y hasta uno mismo.

El problema es que vivimos apurados.

Queremos resultados rápidos, respuestas inmediatas y llegar cuanto antes a lugares para los que quizá todavía no estamos preparados. Corremos tanto detrás de lo que queremos que a veces, cuando finalmente lo conseguimos, estamos demasiado cansados para disfrutarlo.

Yo también he querido acelerar procesos.

He intentado forzar momentos, adelantar respuestas y desesperarme porque las cosas no sucedían cuando yo quería.

Y algunas veces terminé quemándome.

Pero también conocí el otro extremo.

Esperar demasiado.

Dejar para mañana esa conversación, ese proyecto, ese viaje, esa decisión que llevo meses diciendo que algún día voy a tomar.

Y descubrí que algunas cosas también se enfrían.

Las ganas cambian.

Las personas se cansan.

Las oportunidades pasan.

Y ese “algún día” que parecía estar esperando por nosotros termina convirtiéndose en un “debí hacerlo”.

Por eso ahora intento encontrar mi propio ritmo.

No correr por ansiedad.

Pero tampoco detenerme por miedo.

Porque entendí algo: “No todo lo que tarda está perdido, pero no todo lo que espera estará ahí para siempre.”

Así que voy despacio cuando necesite respirar y aceleraré cuando la vida me pida valentía.

Descansaré, pero intentaré no rendirme.

Tendré paciencia, pero no usaré la paciencia como excusa para quedarme quieto.

Porque quizá el verdadero equilibrio no esté en saber cuánto correr, sino en aprender a reconocer aquello que todavía merece que sigamos avanzando.

Hay sueños que pueden esperar.

Hay decisiones que necesitan tiempo.

Pero también hay oportunidades que no vuelven y personas que un día se cansan de esperar.

Y quizá esa sea la parte que más miedo da.

Descubrir demasiado tarde que mientras tú esperabas el momento perfecto, el momento también estaba esperando por ti.

Hasta que dejó de hacerlo.

Así que ve a tu ritmo.

Respira.

Descansa si lo necesitas.

Pero no te detengas demasiado.

Porque puedes recuperarte de haberte quemado alguna vez.

Lo que no siempre puedes recuperar…

Es aquello que dejaste enfriar.

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08
Ahora es cuando empieza
Cambio y crecimiento
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Hoy no le vamos a bajar.

Tampoco vamos a mirar cuánto falta ni cuánto hemos dejado atrás. Ya hicimos suficiente con sobrevivir a los días difíciles, con aprender de las caídas y con entender que no todo lo que se pierde merece ser recuperado.

Ahora toca otra cosa.

Meter otro cambio.

Y no, esta vez no estoy hablando de autos.

Estoy hablando de la vida.

De dejar de conducir siempre por las mismas rutas, de tomar decisiones diferentes, de atrevernos a acelerar cuando llevamos demasiado tiempo frenando por miedo a equivocarnos.

Porque hay momentos en los que uno tiene que dejar de preguntarse si está listo y simplemente avanzar.

Cambiar de dirección.

Cambiar de prioridades.

Cambiar de personas.

Cambiar de versión.

No porque la anterior haya sido mala, sino porque ya cumplió su propósito.

Quizá todavía no sepamos exactamente hacia dónde vamos. No importa. A veces lo único que necesitamos es saber que ya no queremos seguir donde estábamos.

Hoy vamos en el día 231 de 365.

Todavía queda camino.

Así que no le vamos a bajar.

Vamos a meter otro cambio.

Y esta vez, vamos por todo.

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09
No tan inocente
Atracción y deseo
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Hay mujeres que llaman la atención por cómo se ven.

Y hay otras que se vuelven peligrosas por todo lo que descubres después.

Me gustan las segundas.

Las que pueden mantener una conversación durante horas sin aburrirte. Las que tienen opinión propia, te cuestionan, te enseñan algo y consiguen que termines pensando en lo que dijeron incluso después de despedirte.

Las detallistas.

Las que recuerdan algo que mencionaste hace semanas y tú ni siquiera recordabas haber contado. Las que entienden que un detalle no tiene que ser caro para ser importante.

También las románticas.

Pero no necesariamente de flores, cenas perfectas y fotografías bonitas. Hablo de ese romanticismo que aparece en lo cotidiano. En preguntar si llegaste bien, acercarse sin motivo, preparar algo que te gusta o simplemente hacerte sentir que, entre tantas personas, te eligió a ti.

Hasta ahí todo parece bastante tranquilo.

El problema viene cuando descubres que también tiene ese otro lado.

Ese que no enseña a cualquiera.

Una mirada que dura un segundo más de lo necesario. Una conversación que empieza inocente y poco a poco deja de serlo. Una sonrisa que te hace preguntarte qué estará pensando realmente.

Y una mente…

Bueno.

Digamos que no todo lo que piensa debería decirlo en público.

Ahí entendí algo: “Lo verdaderamente atractivo no es descubrir su lado atrevido, sino saber que no cualquiera tiene acceso a él.”

Porque puede ser inteligente sin necesitar demostrarlo, romántica sin empalagar, detallista sin esperar nada a cambio y atrevida sin perder esa elegancia que la hace todavía más interesante.

No busco perfección.

Eso debe ser aburridísimo.

Prefiero contradicciones.

Una mujer capaz de darme paz y, cinco minutos después, hacerme perder completamente la concentración.

Que pueda hablar conmigo de la vida, de sueños, de problemas, de cualquier tontería…

Y también de esas cosas que probablemente sea mejor dejar entre nosotros.

Porque una mujer bonita puede hacer que la mire.

Una inteligente puede hacer que la escuche.

Una detallista puede hacer que la recuerde.

Una romántica puede hacer que quiera quedarme.

Pero una que consiga juntar todo eso y, cuando nadie esté mirando, me deje descubrir que su mente es mucho menos inocente de lo que aparenta…

Esa no solo consigue mi atención.

Consigue mi imaginación.

Y créeme.

Una vez que alguien entra ahí, puede resultar bastante difícil sacarla.

Así que no.

No necesito que sea perfecta.

Solo necesito que parezca inocente el tiempo suficiente…

Para disfrutar descubriendo que nunca lo fue.

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10
Después de la lluvia
Resiliencia y crecimiento
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Recuerda.

Para ver el arcoíris, primero tienes que pasar por la lluvia.

Y sé que suena bonito cuando lo lees así, pero no lo es cuando eres tú quien está en medio de la tormenta.

Hay momentos en los que no entiendes por qué todo tiene que ser tan difícil. Haces las cosas bien y aun así salen mal. Personas se van, planes se rompen y algunas puertas se cierran justo cuando pensabas que todo empezaba a funcionar.

En esos días nadie quiere escuchar que todo pasa por algo.

Solo quieres que pase.

Yo también he tenido temporadas en las que apenas solucionaba una cosa y aparecía otra. Momentos en los que me preguntaba cuánto más podía aguantar.

Hasta que un día algo cambia.

No necesariamente afuera.

En ti.

Lo que antes parecía imposible empieza a pesar un poco menos y descubres que aquello que pensaste que iba a romperte terminó mostrando una fuerza que quizá no sabías que tenías.

Porque entendí algo: “Hay tormentas que no vienen a detenerte, sino a enseñarte de qué estás hecho cuando el camino deja de ser fácil.”

Quizá hoy el cielo siga gris y todavía no puedas entender para qué estás pasando por todo esto.

No necesitas entenderlo ahora.

Solo sigue.

Porque algún día volverá a salir el sol y descubrirás que el arcoíris no era lo más importante.

Lo importante era llegar hasta ahí.

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11
No llegaron por casualidad
Vínculos y aprendizajes
Lectura completa

Durante mucho tiempo pensé que algunas personas aparecían en mi vida para que yo hiciera algo por ellas.

Para acompañarlas.

Para ayudarlas.

Para estar cuando me necesitaran.

Y quizá por eso muchas veces me costaba entender cuando se iban. Sentía que había invertido tiempo, cariño, paciencia y una parte de mí en alguien que finalmente había decidido continuar su camino sin mí.

Hasta que empecé a verlo diferente.

Quizá yo no estaba preparando el camino para esas personas.

Quizá ellas estaban preparando el mío.

Porque incluso quienes se fueron dejaron algo.

Algunos me enseñaron a querer. Otros a poner límites. Hubo quienes me enseñaron lo que merecía y también quienes, sin proponérselo, me mostraron todo aquello que nunca más estaba dispuesto a aceptar.

No todas las enseñanzas llegaron de personas buenas.

Y tampoco todas las personas buenas estaban destinadas a quedarse.

Eso me costó entenderlo.

A veces alguien llega, comparte contigo una parte del camino y después se va. Y uno insiste en buscar explicaciones, cuando quizá su lugar en nuestra historia nunca fue llegar hasta el final.

Era prepararnos para lo siguiente.

Porque entendí algo: “Hay personas que no llegan para quedarse. Llegan para dejarte listo para quien serás después de ellas.”

Por eso ya no miro igual a quienes pasaron por mi vida.

No todos fueron pérdidas.

Algunos fueron lecciones.

Otros fueron impulso.

Y unos cuantos fueron ese lugar donde necesité detenerme antes de poder continuar.

Hoy ya no necesito saber cuánto tiempo se quedará alguien.

Aprendí que algunas personas caminarán conmigo durante años y otras solo estarán el tiempo suficiente para cambiar algo dentro de mí.

Y está bien.

Porque quizá nunca se trató de retener a todos los que llegaron.

Se trataba de entender qué dejaron cuando se fueron.

Algunos me dejaron recuerdos.

Otros, cicatrices.

Unos cuantos, razones para volver a creer.

Pero todos movieron algo.

Y ahora lo entiendo: “Yo no estaba preparando el camino para ellos. Ellos estaban preparando el camino para mí.”

Así que a quienes llegaron y se quedaron, gracias.

Y a quienes llegaron y después se fueron…

También.

Porque tal vez tuvieron que salir de mi vida para que yo pudiera seguir entrando en la mía.

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12
Entre líneas
Escritura y emociones
Lectura completa

No siempre tengo ganas de escribir.

Hay días en los que las palabras simplemente aparecen y otros en los que no quiero saber nada de ellas.

Porque escribir también cansa.

A veces significa volver a lugares de los que me costó salir, recordar personas que intento dejar atrás o ponerle nombre a cosas que estaba haciendo un buen trabajo fingiendo que no sentía.

Y aun así, termino escribiendo.

No porque tenga algo importante que decir ni porque espere que alguien encuentre respuestas en lo que escribo.

Lo hago porque hay cosas que hablando no me salen. Sentimientos que se me quedan atorados cuando intento explicarlos, conversaciones que nunca tuve y palabras que llegaron demasiado tarde.

Entonces escribo.

A veces sobre mí, a veces sobre alguien y muchas veces sobre algo que parece inventado, pero tiene más verdad de la que estoy dispuesto a reconocer.

Supongo que esa es mi manera de ordenar un poco todo el ruido que llevo dentro. De convertir en palabras aquello que durante el día intento callar.

Porque entendí algo: “Hay cosas que uno no escribe para que las lean. Las escribe para dejar de cargarlas.”

Quizá por eso no siempre tengo ganas de escribir.

Pero cuando lo hago, casi siempre es porque algo dentro de mí necesita salir.

Y si alguna vez lees algo mío y sientes que podría estar hablando de ti, puede que tengas razón.

O puede que no.

Hay cosas que todavía prefiero dejarlas entre líneas.

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13
Mi princesa se llama Nicole
Amor de padre
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Dicen que todos tenemos una princesa bonita.

La mía se llama Nicole.

No porque viva en un castillo ni porque lleve una corona. Lo es porque, desde que llegó a mi vida, convirtió lo cotidiano en algo extraordinario.

Tiene esa forma de sonreír que hace olvidar cualquier día difícil. Tiene esa manera de abrazarme que, por un instante, hace que todo vuelva a estar bien.

Y aunque todavía no lo sepa, ella ha sido una de las personas que más me ha enseñado sobre el amor.

Un amor que no pide nada a cambio.

Un amor que solo quiere verla feliz.

A veces la distancia me pesa más de lo que quisiera admitir. Hay días en los que daría cualquier cosa por escuchar su risa de cerca, por caminar de su mano o simplemente por verla correr hacia mí para abrazarme.

Pero hay algo que la distancia nunca podrá cambiar.

Ella seguirá siendo mi orgullo.

Mi alegría.

Y la razón por la que siempre intentaré convertirme en un mejor hombre.

Porque antes de ser cualquier otra cosa…

Soy su papá.

Y ese será, sin duda, el título más bonito que la vida me regaló.

Te amo, Nicole.

Hoy, mañana y siempre.

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14
Todavía elijo
Carácter y decisiones
Lectura completa

No soy tan bueno como algunas personas creen.

Y tampoco tan malo como otras probablemente piensan.

Tengo un poco de ambos.

Puedo ser paciente, comprensivo, estar cuando alguien me necesita y hacer mucho por las personas que quiero.

Pero también tengo carácter.

Me enojo.

Me canso.

Pierdo la paciencia.

Y hay momentos en los que una parte de mí quisiera mandar todo al carajo y dejar de preocuparme por hacer siempre lo correcto.

No me enorgullece todo lo que he pensado. Tampoco todo lo que he hecho.

He cometido errores, he reaccionado mal, he dicho cosas que después hubiera preferido callar y también he lastimado a personas que no necesariamente lo merecían.

Conozco esa parte de mí.

Quizá demasiado bien.

Por eso cuando soy amable no significa que sea ingenuo. Cuando guardo silencio no significa que no tenga nada que decir. Y cuando decido no responder de la misma manera en que me trataron, tampoco significa que no podría hacerlo.

Simplemente aprendí que tener un lado oscuro no te obliga a vivir desde él.

Porque entendí algo: “Ser bueno no significa no tener demonios. Significa saber de lo que son capaces y aun así no dejarlos decidir por ti.”

Así que no.

No soy un ángel.

Tengo defectos, malos días, pensamientos que probablemente sea mejor no compartir y límites que no recomiendo cruzar demasiadas veces.

Pero intento hacer el bien.

No porque siempre me nazca.

Sino porque sé perfectamente quién podría ser si dejara de intentarlo.

Y quizá esa sea la parte de mí que más respeto.

No la que nunca podría hacer daño.

Sino la que, pudiendo hacerlo…

Todavía elige no hacerlo.

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15
Mi motivo
Amor de padre
Lectura completa

Ir a la cama cansado.

Levantarse cansado.

Ir a trabajar cansado.

Y repetir.

Hay días en los que el cuerpo simplemente quiere quedarse ahí. En los que suena la alarma y por unos segundos uno se pregunta de dónde va a sacar fuerzas para volver a hacerlo todo otra vez.

Porque ser adulto también es eso. Cumplir incluso cuando estás agotado, resolver problemas que nadie ve y seguir adelante aunque por dentro lo único que quieras sea descansar un poco.

No todos los días tengo ganas.

Pero todos los días tengo un motivo.

Se llama Nicole.

Mi hija.

Y probablemente ella todavía no entiende cuántas veces pensar en ella me ha hecho levantarme de una cama de la que no quería salir.

Cuántas veces una foto suya, una sonrisa o simplemente imaginar su futuro han sido suficientes para recordarme por qué sigo esforzándome.

Porque desde que soy papá entendí algo: “Uno puede cansarse de muchas cosas, pero nunca del motivo por el que lucha.”

Quiero darle oportunidades.

Quiero verla cumplir sus sueños.

Quiero que algún día mire hacia atrás y sepa que su papá hizo todo lo que pudo para verla feliz.

Quizá por eso mañana vuelva a sonar la alarma y probablemente vuelva a estar cansado.

Me levantaré igual.

Iré a trabajar igual.

Seguiré intentando hacerlo mejor.

Porque hay cansancios que pesan.

Pero también hay amores que pueden más.

Y el mío se llama Nicole.

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16
Sin rogar presencia
Vínculos y reciprocidad
Lectura completa

Hubo un tiempo en el que hacía todo por mantener a las personas en mi vida.

Insistía. Esperaba. Perdonaba más de la cuenta.

Creía que, si daba un poco más de mí, las cosas cambiarían.

Pero entendí que el cariño nunca debe mendigarse. La atención tampoco. Y mucho menos la presencia.

Porque quien realmente quiere que estés en su vida, encuentra la manera de hacerte un espacio.

No una excusa. No un pretexto. Un lugar.

Por eso dejé de perseguir a quienes caminaban en dirección contraria. Dejé de tocar puertas que siempre permanecían cerradas. Y dejé de desgastarme intentando convencer a alguien del valor que tiene mi compañía.

Hoy lo veo diferente.

Quien disfruta de mi presencia, siempre tendrá en mí a alguien leal.

Pero quien no la quiere…

No discutiré. No insistiré. No reclamaré.

Simplemente le regalaré mi ausencia.

Porque aprendí que hay despedidas que no se anuncian. Solo ocurren.

Y cuando una persona deja de valorar lo que haces, lo que das y lo que eres…

Lo más digno no es quedarse esperando que cambie. Lo más digno es irte en silencio.

Sin rencor. Sin escándalos. Con la tranquilidad de saber que nunca te faltó amor, sino reciprocidad.

Porque al final…

Mi presencia es un privilegio para quien sabe cuidarla.

Y mi ausencia…

Es una consecuencia para quien nunca supo valorarla.

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17
Una parte de mí se quedó
Amor de padre
Lectura completa

Hoy, al despedirme de mi hijita, me dijo: “No te vayas, pa. Quiero que te quedes a mi lado.”

Y no sabes cómo me destruyó por dentro.

Porque hay palabras que uno escucha con los oídos… y otras que golpean directo el corazón.

Me quedé en silencio unos segundos, intentando encontrar la forma correcta de explicarle algo que ni siquiera los adultos entendemos del todo.

Le expliqué que tenía que irme. Que hay responsabilidades, trabajo y compromisos que cumplir.

Pero mientras hablaba, una parte de mí quería hacer exactamente lo que ella pedía.

Quedarme…

Porque cuando tu hija te mira con esos ojos y te pide un poco más de tiempo, entiendes que no hay nada más valioso en este mundo que esos momentos.

Ella escuchó mi explicación.

Asintió…

Y siguió siendo fuerte de esa manera tan inocente que tienen los niños cuando aceptan cosas que no les gustan.

Pero yo me fui con un nudo en la garganta.

Porque los padres también sufrimos.

También nos duele irnos.

También contamos las horas para volver a verlos.

Y aunque muchas veces hacemos lo que debemos hacer, no siempre coincide con lo que quisiéramos hacer.

Hoy me fui…

Pero una parte de mí se quedó con ella.

Porque hay despedidas que duran unos segundos… y otras que te acompañan todo el día.

[Escrito en pleno vuelo]😔

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18
Quiero quedarme
Vínculos y valentía
Lectura completa

Estoy cansado de huir.

De fingir que puedo con todo, de guardar lo que siento y de pelear tantas veces contra mí mismo como si dentro de mí existieran dos personas intentando ganar la misma batalla.

Estoy cansado de decir que estoy bien cuando no lo estoy. De alejarme cuando en realidad quiero que alguien se acerque. De levantar muros esperando, contradictoriamente, que alguien tenga suficientes ganas de atravesarlos.

Porque a veces uno no huye porque quiera irse.

Huye porque tiene miedo de quedarse.

Miedo de mostrar demasiado, de necesitar a alguien, de volver a confiar y descubrir que, justo cuando decides quedarte, la otra persona decide irse.

Entonces aprendes a hacerlo primero.

Te alejas antes de que te abandonen. Callas antes de decir demasiado. Finges que no necesitas a nadie porque parece más fácil irte que quedarte esperando a descubrir si alguien hará lo mismo contigo.

Yo también aprendí a hacerlo.

Quizá demasiado bien.

Pero llega un momento en el que te das cuenta de que huir también cansa. Que protegerte de todo lo que podría dolerte termina alejándote de todo lo que también podría hacerte feliz.

Y creo que llegué a ese momento.

Ya no quiero pelear contra mí.

Ya no quiero irme cada vez que una parte de mí quiere quedarse.

Porque entendí algo: “Quedarse también requiere valentía.”

Valentía para bajar la guardia. Para dejar que alguien conozca esas partes de ti que normalmente escondes. Para aceptar que querer a alguien siempre tendrá algo de riesgo.

No voy a pedirte que me persigas.

Tampoco que me salves.

Solo quiero dejar de correr.

Y si alguna vez me escuchas gritar, incluso cuando mi boca diga que estoy bien, acércate.

Ven.

Entra en mí.

Quizá encuentres miedo. Quizá encuentres heridas. Quizá encuentres todavía una parte de mí buscando la salida.

Pero si decides quedarte, tenme un poco de paciencia.

Estoy aprendiendo a hacer lo mismo.

Porque después de pasar tanto tiempo huyendo, quizá lo más valiente que pueda hacer ahora sea quedarme.

Y esta vez…

Quiero quedarme.

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El autor

Iván Corrales

Escribo sobre emociones, decisiones y experiencias de vida. Sobre esas batallas que muchas veces libramos en silencio y las palabras que llegan cuando hablar ya no es suficiente.

Mientras siga sintiendo, seguiré escribiendo…