Tú pareces seguro. Caminas con paso firme, resuelves, decides, sostienes lo que otros sueltan. Aprendiste a no mostrar dudas porque alguien tenía que hacerlo bien.
Desde afuera pareces completo. Entero. Como si nada te desordenara por dentro. Y tal vez por eso nadie pregunta cómo estás cuando el día pesa más de la cuenta.
Pero en el fondo, muy adentro, hay una parte tuya que se cansa de ser el fuerte, que baja la guardia en silencio y solo quiere descansar un momento sin dar explicaciones.
No necesitas halagos, ni discursos largos, ni promesas que no se cumplen. Solo eso tan simple y tan difícil de pedir que alguien te mire de verdad y te diga:
“Me importas más de lo que crees”.
Porque también tú necesitas sentirte elegido, no por lo que haces, sino por lo que eres cuando nadie te está mirando.
Incluso los que cuidan necesitan ser cuidados. Incluso los que sostienen necesitan, alguna vez, apoyarse sin culpa.
Y no es debilidad querer eso. Es humanidad. Es recordar que debajo de la seguridad late un corazón que también espera no tener que ser fuerte todo el tiempo.